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¿Qué tienen en común el Bhagavad Gita, el animé donde un chico lleva en su bolsillo una ballena imaginaria que cambia de tamaño, y la canción de una banda pop española de los ‘90? Perezosa y tonta es una novela que no tiene nada de tonta y perezosa. Se lee espontánea, imperfecta, sin estridencias. Y lo es en la superficie, como solo puede serlo la construcción precisa de una mente lúcida como la de Luciano Lutereau. Hay un nieto y una abuela, pero esta no es una típica novela de nietos y abuelas. Hay también amantes y desengaños, amistades kitsch, personajes que buscan su yo verdadero para poder ir a bailar con otros yo verdaderos. Pero… ¿qué hacer en un mundo donde la bondad no existe, la maldad no existe y la pasión no existe; un mundo donde lo que queda es lo que nos queda? Tal vez construir rituales vacíos, vaciados, y reemplazarlos por otros nuevos, iguales aunque distintos. En Perezosa y tonta, frente a un mundo puro sustantivo, los adjetivos y los personajes, estallan como flores de fuego. Lutereau hace girar entonces su caleidoscopio y con estos estallidos multicolores forma un mandala pequeño y maravilloso, fugaz y duradero.

Perezosa y tonta, por Luciano Lutereau

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¿Qué tienen en común el Bhagavad Gita, el animé donde un chico lleva en su bolsillo una ballena imaginaria que cambia de tamaño, y la canción de una banda pop española de los ‘90? Perezosa y tonta es una novela que no tiene nada de tonta y perezosa. Se lee espontánea, imperfecta, sin estridencias. Y lo es en la superficie, como solo puede serlo la construcción precisa de una mente lúcida como la de Luciano Lutereau. Hay un nieto y una abuela, pero esta no es una típica novela de nietos y abuelas. Hay también amantes y desengaños, amistades kitsch, personajes que buscan su yo verdadero para poder ir a bailar con otros yo verdaderos. Pero… ¿qué hacer en un mundo donde la bondad no existe, la maldad no existe y la pasión no existe; un mundo donde lo que queda es lo que nos queda? Tal vez construir rituales vacíos, vaciados, y reemplazarlos por otros nuevos, iguales aunque distintos. En Perezosa y tonta, frente a un mundo puro sustantivo, los adjetivos y los personajes, estallan como flores de fuego. Lutereau hace girar entonces su caleidoscopio y con estos estallidos multicolores forma un mandala pequeño y maravilloso, fugaz y duradero.