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Hay un mundo exterior que Arnaldo comprende como puede. Vive en un barrio pobre y le tocó nacer en el seno de una familia a la que los asistentes sociales –utilizando los eufemismos acolchonados de la piedad– llamarían disfuncional. Pero el mayor reto que se le presenta a Arnaldo no ocurre afuera sino adentro de su mente: un terreno pantanoso de fuerzas que van más allá de su entendimiento.

En Brujas de Carupá, Luis Mey toma el riesgo de narrar en la primera persona de Arnaldo una historia de hechicería y poderes sobrenaturales con elementos que remiten a los iconos del género de terror pero con el espíritu de las grandes óperas bufas. La candorosa mirada de ese niño traducirá el horror del universo de sus adultos en peripecias que arrancan tanto una carcajada como un sobresalto.

Horacio Convertini

"–¡Hola, mami! –le digo a la vuelta del cole y como tengo
hambre le doy un beso y sin querer la muerdo.
–¡Ay! ¡Estúpido! ¡Soy tu madre, no un alfajor!
–Porque los alfajores están vivos cuando se van a la panza,
nada más –le digo.”

Brujas de Carupá, por Luis May

$1.250
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Hay un mundo exterior que Arnaldo comprende como puede. Vive en un barrio pobre y le tocó nacer en el seno de una familia a la que los asistentes sociales –utilizando los eufemismos acolchonados de la piedad– llamarían disfuncional. Pero el mayor reto que se le presenta a Arnaldo no ocurre afuera sino adentro de su mente: un terreno pantanoso de fuerzas que van más allá de su entendimiento.

En Brujas de Carupá, Luis Mey toma el riesgo de narrar en la primera persona de Arnaldo una historia de hechicería y poderes sobrenaturales con elementos que remiten a los iconos del género de terror pero con el espíritu de las grandes óperas bufas. La candorosa mirada de ese niño traducirá el horror del universo de sus adultos en peripecias que arrancan tanto una carcajada como un sobresalto.

Horacio Convertini

"–¡Hola, mami! –le digo a la vuelta del cole y como tengo
hambre le doy un beso y sin querer la muerdo.
–¡Ay! ¡Estúpido! ¡Soy tu madre, no un alfajor!
–Porque los alfajores están vivos cuando se van a la panza,
nada más –le digo.”