En el panteón de la narrativa breve latinoamericana, donde las sombras de Borges y Cortázar suelen proyectarse con un peso a veces asfixiante, ha surgido una voz que no solo acepta esa herencia, sino que se atreve a tironearle del traje. Sofía Balbuena (Salto, 1984) acaba de alzarse con el IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve por su obra Personaje secundario. Y lo ha hecho rompiendo récords: su manuscrito se impuso ante 1929 aspirantes de 36 países en una edición que ya se tilda de histórica.
La autora argentina converso con la prensa tras un fallo que el jurado, presidido por Juan Gabriel Vásquez, describió como un reconocimiento a una pieza "osada, atrevida, rompedora y rebelde".
La arquitectura del silencio
A diferencia de las recopilaciones azarosas, Personaje secundario se presenta como un ecosistema. Vásquez es tajante al respecto: "Este es un libro de cuentos (no un libro con cuentos)". Es un sistema donde las piezas dialogan entre sí bajo una estructura cerrada y una técnica depurada que remite a lo mejor de la tradición regional.
Para Balbuena, este debut —que estuvo reescribiendo obsesivamente hasta enviarlo apenas un día antes del cierre de la convocatoria — es el resultado de una observación casi quirúrgica de lo cotidiano.
"La observación es la gran fuente de donde saco los temas", confiesa. "Me interesa esa negociación interna constante de la que hablaba Natalia Ginzburg: esa duda que hace a las mujeres caer en un pozo".
Genealogía de la cocina y el mate
La poética de Balbuena no nació en bibliotecas de roble, sino en la penumbra de una cocina en un pueblo sin librerías. "Escribir es un privilegio", dice, recordando a su madre preparando mate a la madrugada, leyendo sola. Esa imagen fundacional —la lectura como forma de felicidad y la soledad como aprendizaje— es el motor de su escritura. "Estoy convencida de que escribo para interrumpir a mi mamá y que me mire", admite con una honestidad punzante.
Esa mirada se traduce en un humor negro que atraviesa sus relatos. Para ella, el humor no es un adorno, sino una forma de rebelión frente a lo que ella denomina "narrativa asfixiante".
Sus referentes: Alice Munro (su gran referente), Lorrie Moore y Lydia Davis.
El toque local: El jurado detectó en sus páginas un diálogo vibrante con Boquitas pintadas de Manuel Puig.
Su proclama: "La experiencia de las mujeres es lo más importante... Nadie me va a decir lo que tengo que decir o no".
Una victoria humana
El veredicto final destaca la ternura con la que Balbuena trata a sus personajes, seres que, a pesar de su condición de "secundarios", logran conmover por su profunda humanidad. En un mundo literario que a veces parece dictar cátedra, Balbuena prefiere el susurro de la observación y la libertad de no dar lecciones a nadie.
Al final, queda la imagen de una escritora que, tras ganar uno de los premios más prestigiosos del género, todavía siente la necesidad de pedirle perdón a su madre por no haberle avisado que se iba a recibir semejante galardón. Quizás sea esa misma humildad, mezclada con una voluntad de hierro, lo que hace que su literatura sea, en palabras del jurado, una "joyita".
